VISTIENDO AL SÉPTIMO ARTE

Igual que Bonnie y Clyde, Don Quijote y Sancho Panza, o Romeo y Julieta, el cine y la moda desde años ancestrales son mitades de ensueño que se potencian mutuamente. Es una relación muy peculiar donde ambas industrias crean un tándem perfecto que respira infuencias y colaboraciones recíprocas.


En los caminos cruzados (del cine y la moda) es muy común ver a actores y actrices famosos posar en las revistas de moda o desflar para los grandes diseñadores. Es más, desde hace años la ceremonia de los Oscar en un gran desfle de moda desde Los Ángeles para el mundo, donde los diseñadores buscan la mayor difusión de sus diseños.
Del mismo modo, varios modelos de la industria de la moda han dado el salto a la gran pantalla, o incluso el mundo de la moda ha resultado ser, en sí mismo, un argumento más para el cine, como en El diablo viste de Prada (2006) de David Frankel.
Lo que es indudable es que hay películas que marcan, muchas veces no sólo por la historia que nos cuentan mientras devoramos palomitas, sino que el vestuario marca estilo generacional sin importar el tiempo que pase.

El ángel azul (1930) fue la primera película sonora del cine europeo, dirigida por el director Josef von Sternberg y protagonizada por Marlene Dietrich.

Entre el director y la actriz germana, existió una sinergia brillante que se extendió a siete películas, todas ellas tributos de celuloide a la poderosa presencia de una diosa inimitable.

Poco después, en Marruecos (1932) -del mismo director- la actriz escandalizó al mundo apareciendo con chistera, frac y corbata de lazo, recreando la perturbadora imagen de mujer masculina de los retratos de Max Beckmann.

Su look andrógino, pero sexualmente precursor del estilo Berlín de entre-guerras, dinamitó las reglas de la moda, anticipándose ¡tres décadas! a la genialidad de Yves Saint Laurent.

En los años 40’s se gestó lo que hoy es un clásico del cine, Casablanca (1942). Una película profunda, con uno de los mejores guiones que se han escrito para el cine, una historia memorable que obtuvo ocho nominaciones a los premios Oscar, y que narra la aventura romántica entre Rick Blaine (Humphrey Bogart) e Ilsa Lund (Ingrid Bergman).

Del flm siempre nos quedará París pero también una serie de piezas de vestir, que fueron trendsetters en aquel tiempo y que han pasado a ser íconos del cine gracias a Orry-Kelly, director de vestuario de los estudios Warner Brothers por más de diez años.

Hablamos de los blazers blancos, un outft clásico a la par de retro, piezas largas y en tonos claros que jugaba con la iluminación del set, o vestidos ajustados a la cintura, con escotes en v y solapas largas. Sin olvidarnos del protagonismo de las gabardinas, que introdujo en la historia un aura de misterio y romanticismo.

De un salto llegamos a los 50’s, encontrándonos de lleno con uno de los estilos más infuyentes en la moda del siglo XX de la mano de James Dean en Rebelde sin causa (1955), de Nicholas Ray. Un look sencillo y urbano gracias a la combinación de jeans, camiseta básica y botas desgastadas que se hizo must-have en el armario de todos los jóvenes de la época.

Pero en los años en los que el Sputnik llegó al espacio sideral, Eisenhower a la Casa Blanca, y Elvis a los escenarios, disfrutamos de unas Vacaciones en Roma (1953) -dirigida por William Wyler- que catapultaron a la fama a Audrey Hepburn.

Y desde la ciudad Eterna, saltó a las calles un estilo nuevo, que dio un giro en la estética de la época, proponiendo un nuevo ideal de mujer, lejos de las rubias de grandes pechos, curvas marcadas y cabellos rubios platino. Una auténtica delicia de diseños, donde las líneas del New look se apreciaron en las cinturas pequeñas y acentuadas por cinturones o lazos, caderas con volumen en la caída de la falda, hombros defnidos y zapatos stilletos, que armonizaron una silueta femenina y “frágil” y encumbraron hasta el Oscar al mejor vestuario a Edith Head.

Sin embargo, si hablamos de personajes con personalidad y cuya apariencia conquistaran al público de manera bri-llan-te, Holly Golightly es una referencia obligada.

Ahí estaba, un día cualquiera en la Quinta Avenida. Una chica frente al escaparate de Tiffany, vestida con un impecable diseño negro, un recogido alto y unas gafas de sol. Una pincelada magistral que anticipa el devenir de la trama, y dos elementos que cargan con el mayor peso: la actriz Audrey Hepburn y el vestido negro, diseño de Hubert de Givenchy.

De corte sencillo, destaca el reverso con una apertura en forma de media luna y el gran collar de perlas que pende sobre la espalda, representando un lastre sobre ella. También es signifcativo el color, en una época donde predominaban los estampados forales y colores vivos, representa el vacío que siente la protagonista, aunque en varias ocasiones Holly se convierte en la inocente e insegura Lula Mae Barnes del pasado, con un vestuario cómodo y ahí sí, colorido. Eso sí, el diseño original del modisto contaba con una abertura frontal muy sexy, tal y como aparece en el cartel de la película, pero que Edith Head, directora de vestuario  rediseñó.

Pero no fue la única obra maestra del film, pues Givenchy creó un maravilloso diseño para unas de las escenas más dramáticas: un vestido de cóctel, en seda de color rosa con cintura ceñida por un cinturón de lazo y amplia falda que representa la inocencia y delicadeza del personaje.

A raíz de aquí musa y diseñador establecieron un vínculo irrompible, también en lo personal: “…es muy difícil para mí hablar de Audrey, porque nuestra relación fue un amor platónico de 40 años”, llegó a afrmar el modisto.

Con todo ello, Desayuno con diamantes (1961) -dirigida por Blake Edwards- encumbró hasta el Olimpo de la elegancia a la actriz, y es (y será) una de las películas más emblemáticas del cine universal.

Otra de estas fecundas alianzas, nacida en los platós y mantenida fuera de ellos, se dio entre la actriz Catherine Deneuve y el diseñador Yves Saint Laurent, a quien el cineasta Luis Buñuel encargó el vestuario de la actriz francesa, protagonista de Belle de Jour (1967).

Basada en la inquietante novela de Joseph Kessel, esta producción de tintes surrealistas desarma los conceptos tradicionales de educación, burguesía y sexualidad. Desde entonces, la actriz gala ha sido la musa de musas de los diseñadores, de ayer y de hoy, desde el joven Joseph Altuzarra, quien se inspiró en los vestidos negros de este flm para una de sus colecciones, hasta Stefano Pilati (para YSL) aplicó el bon chic bon genre que tanto ha caracterizado a Deneuve.

Pero una película que transcurre por las etapas del deseo debe incluir la moda (sí o sí) como una expresión natural del hedonismo del personaje, que convirtió a Belle de Jour en una referencia de estilo. También brillaron los complementos como guantes o bolsos, o los famosos zapatos escotados, de charol con punta  cuadrada de medio tacón y gran hebilla metálica diseñados por Roger Vivier (y que pasaron a llamarse “Belle Vivier”).

Entre el mar de lágrimas de Love Story (1971), aquellos locos de la moda nos quedamos con los fantásticos estilismos -y posteriormente icónicos looks– de Ali MacGraw, que aparecía ideal con sus outfts college al más puro estilo Preppy.

Vale que la película es de décadas pasadas peeeeero la ropa de “Jennifer” bien podría formar parte de cualquier colección actual. Desde el abrigo tostado con grandes solapas, hasta el vestido rojo de manga larga con corte a la cintura y falda evasé, corrieron a cargo de Alice Manougian Martin y Pearl Somner.




 

Los años ochenta fue una década de excesos, donde colorido, hombreras y cardados se entremezclaron. Howard Deutch lo encapsuló todo en Pretty in pink (1986) -protagonizada por Molly Ringwald- aliándose con Marilyn Vance, diseñadora de vestuario y encargada de dar a sus películas ese aire rebelde taaaan reconocible.

En esa época todo expresaba alegría y felicidad a través de los colores llamativos, o fúor con prendas de siluetas anchas en la parte superior y ajustada en la parte inferior, así que usaban blazers, sacos y camisas muy holgados y con hombreras que le daban un toque chic.

En Marzo de 1990 se estrenó en Estados Unidos Pretty Woman, y casi tres décadas después su recuerdo sigue tan vivo que creo que se pueden contar con los dedos de una mano las personas que no hayan visto este clásico.

Ya sabéis, chica humilde de escasa educación y poca suerte en la vida, conoce a chico rico de exquisitos modales y éxito en los negocios, y después de unos inicios desastrosos… ¡son felices y terminan comiendo perdices!.

Uno de los atractivos de la cinta era sin duda la transformación, a través de sus outfits, de Julia Roberts o mejor dicho de Vivian Ward, todos ellos dibujados por Marilyn Vance que escogió las telas personalmente y completó los looks con accesorios propios, resultando un vestuario i-nol-vi-da-ble.

Entre los estilismos, destaca un vestido estilo trikini y botas altas de charol que muestra la protagonista al inicio de la película, pero es con la metamorfosis del personaje cuando encontramos looks muy top. Un vestido blanco de botones dorados, ajustado a su silueta con el que aparecía en el Hotel Regent Wilshire, combinado con una pamela negra tras una intensa jornada de compras. O aquel vestido midi al más puro estilo parisino en color tostado con lunares blancos al que añadieron un cinturón de Anna Kline, zapatos de Chanel y pendientes de perlas hechos a mano, que dieron un aspecto sofsticado y cargado de elegancia. Y como look estrella, sin duda nos quedamos con el gown dress rojo que junto a un moño despeinado y el esperado collar de brillantes, conforma uno de los estilismos más admirados del cine.

 

 

 

El cambio del milenio proyecta auténticas obras maestras cinematográfcas con refejos magistrales en la moda.

Con Miuccia Prada nos trasladamos al Nueva York de los años 20, directamente al rodaje de El Gran Gatsby (2013), dirigida por Baz Luhrmann.

A la frma, hay que unirle el trabajo de la diseñadora de vestuario Catherine Martin grabándonos en las retinas looks extraordinarios, inspirados en las colecciones de Prada y Miu Miu con la estética flapper como protagonista.

Aquellos dorados años fueron la época del glamour y del jazz, del inicio de la mujer moderna y su renovación de vestuario: vestidos de seda y gasa, bordados con cristales y paillettes, pieles y terciopelos en tonos pasteles, y mucho, mucho brillo.

De los personajes masculinos se encargó Brooks Brothers, la sastrería más antigua de Estados Unidos, investigando e inspirándose en sus propios archivos para dar realismo a los estilismos: un total de 200 smokings, 55 trajes de tres piezas, 100 canotiers y 200 camisas que nos acercan al nivel de detalle que se tuvo en el diseño de vestuario. Tonos crema o pastel, pajaritas en el smoking, texturas de lino y pañuelos en el bolsillo como complemento, son la guinda del vestuario masculino.

 

 

El Oscar al mejor vestuario 2017, fue para Aliados, y no me extraña absolutamente nada. ¿La artífce? Joanna Johnston, diseñadora veterana en trabajos de Robert Zemeckis que consiguió con maestría ser fel a la realidad sin que la magia del cine se vea afectada.

“…creo que la gente se vestía intencionadamente así durante la guerra para mantenerse animados”, dijo la diseñadora.

Es un regreso nostálgico a la Edad de Oro de Hollywood, un thriller romántico de espías que se nutre directamente de las grandes obras maestras del género de aquellos años, principalmente de Casablanca.

Para los vestidos más glamurosos de Marion Cotillard, Johnston recuperó el estilismo de Bette Davis en La extraña pasajera, que favorecen una concepción de la feminidad retro, antecesora del New look de Dior. Y aunque el vestuario de Cotillard tiene resultados más llamativos, el de Brad Pitt también lleva mucha investigación detrás, ya que para sus trajes la directora de vestuario se inspiró en Gary Cooper o Charles Boyer.

Por último, un ejemplo más de simbiosis perfecta entre cine y moda. Un diseñador que cambia el backstage de la pasarela, y tras su opera prima, repite tras la cámara. Ocurre en Animales nocturnos (2017), dirigida por Tom Ford y protagonizado por Amy Adams y Jake Gyllenhaal. El film se desarrolla entre dos planos paralelos, donde se plantean la posibilidad de llevar a cabo una venganza a partir del arte y de la literatura.

Es muy curioso, cómo se utiliza el vestuario para diferenciar las dos facetas de la vida de Susan (Amy Adams). En su trabajo como galerista y en las festas de alta sociedad a las que acude, viste con colores oscuros y líneas rectas, dando imagen de fuerza, poder y sofsticación a la vez que sexy, y con un maquillaje sombrío, que simboliza su infelicidad crónica. En la intimidad de su casa, lleva ropa de punto y la cara lavada, debido a que se trata de un momento de vulnerabilidad emocional.

Y aunque pueda resultar rarííííísimo, no aparece ni una sola prenda del diseñador texano, que delegó en Arianne Phillips -nominada a un Bafta por su trabajo en Un hombre soltero, y nominada al Oscar en dos ocasiones- el vestuario de su producción. Conocida por sus innovadores diseños, su diversidad y cuidado del detalle, Tom Ford dijo de ella que «tiene un gusto impecable”.

“…Lo digo porque es cierto. Eres parte de su obra, eres su vida.
Si ese avión despega y no estás con él, lo lamentarás.”
Diálogo de la escena fnal de Casablanca.

Nai*